I.-ACCIÓN Y PALABRA DE DIOS EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Tema 7

La Palabra de Dios es comunidad

LA PALABRA DE DIOS ES COMUNIDAD

El pueblo de Israel se siente llamado y elegido por la palabra de Yahvé y en ella descubre las señas de su identidad. De igual modo, la Iglesia se reconoce como comunidad de seguidores en la Palabra de Dios que es Jesús. El seguimiento cristiano se realiza en la vida y encuentra constantemente su fuente de referencia y si actualización en la Palabra.

 

ESQUEMA:

 

1.-El nombre de Iglesia.
2.-La comunidad instituida por Cristo Jesús.
3.-La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo.
4.-La Iglesia Pueblo de Dios.
5.-La Palabra de Dios crea comunidad.
6.-La Palabra de Dios y la Comunidad en el Concilio Vaticano II.
7.-Comunidad reunida y enviada por el Espíritu Santo.
            7.1.-Koinonia.
            7.2.-Evangelización.
8.-Comunidades de base y la Palabra de Dios.
¿Jesús fundó la Iglesia?
La Iglesia se fundamenta en Jesús.

 

DESARROLLO: 

 

1.-El nombre de Iglesia.
 

Iglesia proviene del término griego "ekklesia", que significa asamblea (convocada). Y en el Antiguo Testamento se usaba para designar a la comunidad del pueblo elegido, especialmente en el desierto (cfr. Dt. 4,10; Hch 7,38). También Jesús usa este término para hablar de "su comunidad mesiánica", la nueva asamblea convocada por la alianza en su sangre, alianza anunciada en el Cenáculo.
Toda la realidad de la Iglesia no es posible reducirla a un solo concepto, puesto que serían silenciados elementos y dimensiones que la constituyen. De ahí que la Iglesia se haya descrito, a lo largo de la historia, con múltiples imágenes que se complementan entre sí y expresan aspectos diferentes de su esencia.
Así se habla de pueblo de Dios, plantación de Dios, grey, edificio, casa de Dios, familia de Dios, cuerpo de Jesucristo, esposa de Jesucristo, Templo del Espíritu Santo.
Los Santos Padres definieron la Iglesia como comunidad de creyentes y comunión de los Santos, es decir, de los santificados por los sacramentos.

 

2.-La comunidad instituida por Cristo Jesús.


Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el motivo de su "misión" (cf. LG 3; AG 3).
"El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras" (LG 5).
Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en misterio" (LG 3).
"Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo" (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger "el Reino". El germen y el comienzo del Reino son el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva "manera de obrar", sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).
El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc 6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.
Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. "El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (LG 3) ."Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz (cf. San Ambrosio, Lc 2, 85-89).
 
3.-La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo.
 
"Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando "la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación" (AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).
Para realizar su misión, el Espíritu Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos" (LG 4).
"La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 5).
 
4.-La Iglesia Pueblo de Dios.
 
Fijémonos en una de las tres imágenes que Pablo empleó para describir la Iglesia, y que ya conocemos por la unidad anterior: Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo.
La Iglesia, Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. La Iglesia es el pueblo que Dios elige y llama entre los pueblos, con el que establece una Alianza, pueblo de su propiedad:
- Abierto a todos los hombres y mujeres, sin importar la raza, nación, o clase social a la que pertenezcan.
- Al que se nace por la Fe y el Bautismo
- Que se reúne para escuchar la Palabra de Dios y darle gracias por sus obras de salvación
- Enviado al mundo para dar testimonio del Evangelio con obras y palabras
Este Pueblo de la Nueva Alianza cuenta con:
Una dimensión histórica, pues se vincula al antiguo Pueblo de Dios, elegido en la servidumbre de Egipto, y al que Dios le dice "Yo soy vuestro Dios y vosotros, mi pueblo" (Lv 26,11-12; Ez 37,27) Esta historia de salvación alcanza su punto culminante en Cristo y se prolonga en la historia humana, pues la Iglesia es un pueblo en camino, una realidad dinámica, un signo de esperanza abierto a la meta definitiva que proclama.
Una dimensión comunitaria, ya que como pueblo es una comunidad de personas en la que todos participan de la misma dignidad y donde se tiene conciencia de la igualdad fundamental de todos sus miembros.
Una dimensión ministerial, ya que la común pertenencia se vive en una diversidad de funciones que se orientan al servicio
Una dimensión salvífica, en el sentido de salvación plena, definitiva, escatológica que revela el Nuevo Testamento y que asume la experiencia de salvación que tuvo Israel al ser liberado de la esclavitud. De aquí se sigue la misión que tiene la Iglesia a favor de la liberación de la opresión y de la injusticia, expresando así la salvación integral que anuncia.
Una dimensión cultual. Como pueblo sacerdotal que es, al rendir culto a Dios "en Espíritu y Verdad"

5.-La Palabra de Dios crea comunidad.

 

El Nuevo Testamento significa la culminación de la historia de la Revelación. La realidad sucede al símbolo, el cumplimiento anula la promesa y el Hijo pasa a ser el último enviado. Hasta la consumación del universo, vivimos los tiempos definitivos, pues no habrá una nueva economía de salvación.
 
Cristo es la clave de todo. El Antiguo Testamento es reinterpretado desde el misterio que él es y que en él se realiza, de modo que muchos textos, personajes y símbolos del mundo religioso que él representa son redimensionados y adquieren un nuevo significado y valor. El Nuevo Testamento no es sino una presentación de su vida y enseñanza y un desarrollo de las mismas y no sólo es clave de la Escritura; es también el eje de la historia de la salvación, que se divide en dos partes: la que preparó su venida y la que siguió a partir de ella. Igualmente en la vida del hombre el encuentro con Cristo marca un giro radical en su existencia. Su palabra y su vida pasan a ser la clave o el principio estructural de toda la vida personal y comunitaria. Cristo es, por consiguiente, la presencia salvadora de Dios en la historia, el profeta por excelencia, ya que él mismo es la palabra viva de Dios, el cumplimiento perfecto y ejemplar de la voluntad de Dios que lo llevó a aceptar la muerte en la cruz, el modelo del diálogo entre Dios y los hombres y el maestro de oración. La catequesis ha de ser un permanente anuncio de Jesucristo y ha de crear las condiciones oportunas para que se dé el encuentro personal con él.
 
La Iglesia hace presente a Cristo a lo largo del tiempo y en todas partes, como sacramento universal de la salvación. No es posible el acceso pleno a Cristo si no es en ella, ni se puede comprender su ser en profundidad más que en referencia a él. Ni la Iglesia sin Cristo, ni Cristo sin la Iglesia. Sólo un falso planteamiento puede llevar a establecer una separación entre ellos. No obstante, hay que admitir que se ha podido llegar históricamente a un planteamiento semejante por el escándalo que ha supuesto para algunos la realidad imperfecta de la Esposa de Cristo. Para evitar esto ha de vivir en un permanente estado de conversión que la haga ser en todo momento reflejo de su Señor. No obstante, siempre habrá imperfecciones en ella, porque imperfecto es todo lo humano y humanos son sus miembros.
 
La Iglesia recibió de Cristo la misión de evangelizar a todos los hombres y lleva a cabo esta tarea en el ministerio de la palabra. No se anuncia a sí misma, ni es ella la meta de su predicación. Cristo es el objeto de su anuncio, y hacer llegar su salvación a todos los hombres la razón de su predicación. La catequesis no es la acción por la que conduce a sus hijos a una comprensión más profunda de Cristo y su misterio, que les permita dar a su vida el sentido y la configuración que él exige. No puede, por consiguiente, abandonar esta tarea sin que la vida de fe de los creyentes se atrofie o derive hacia manifestaciones impropias de su condición.
 

6.-La Palabra de Dios y la Comunidad en el Concilio Vaticano II.

Palabras de Benedicto XVI. Resumiendo, diría que la lectura de la Sagrada Escritura debe ser siempre una lectura a la luz de Cristo. Sólo así podemos leer y comprender, incluso en nuestro contexto actual, la Sagrada Escritura y obtener realmente de ella la luz. Debemos comprender esto: la Sagrada Escritura es un camino con una dirección. Quien conoce el punto de llegada también puede dar, ahora de nuevo, todos los pasos y aprender así, de modo más profundo, el misterio de Cristo. Comprendiendo esto, también hemos comprendido el carácter eclesial de la Sagrada Escritura, porque estos caminos, estos pasos del camino, son pasos de un pueblo. Es el pueblo de Dios que va adelante. El verdadero propietario de la Palabra es siempre el pueblo de Dios, guiado por el Espíritu Santo, y la inspiración es un proceso complejo: el Espíritu Santo guía adelante, y el pueblo recibe.

 
Es, pues, el camino de un pueblo, del pueblo de Dios. La sagrada Escritura hay que leerla bien. Pero esto sólo puede hacerse si caminamos dentro de este sujeto que es el pueblo de Dios que vive, que es renovado y fundado de nuevo por Cristo, pero que conserva siempre su identidad.


Por consiguiente, diría que hay tres dimensiones relacionadas y compenetradas entre sí: la dimensión histórica, la dimensión cristológica y la dimensión eclesiológica —del pueblo en camino—. En una lectura completa las tres dimensiones están presentes. Por eso, la liturgia —la lectura común y orante del pueblo de Dios— sigue siendo el lugar privilegiado para la comprensión de la Palabra, porque precisamente aquí la lectura se convierte en oración y se une a la oración de Cristo en la Plegaria eucarística.

 

7.-Comunidad reunida y enviada por el Espíritu Santo.

 

En el signo de la eucaristía encuentra la Iglesia las claves fundamentales para comprenderse a sí misma. En ella se descubre nacida de la comunión para la comunión, y esa conciencia se presenta ante el mundo como sacramento de salvación, es decir, «signo e instrumento de la íntima unión del hombre Dios y de la unidad de todo el ro humano» (LG 1).

 
«La realidad de la Iglesia unión es entonces parte integrante, más aún, representa el contenido central del misterio, o sea, del designio divino de salvación de la humanidad» (ChL 19).
 
La comunión con el cuerpo de Cristo introduce a los creyentes misterio de Cristo: misterio de comunión y salvación de la humanidad según el plan proyectado por el Padre para realizar por la fuerza del Espíritu (cf Ef 1,3-14). Pero la comunión en el cuerpo de Cristo tiene su verificación en el cuerpo de la Iglesia, relaciones de solidaridad y de comunión fraterna establecidas en su interior y proyectadas luego hacia la renovación de la sociedad. Los creyentes «se reúnen, pues, en el nombre de Jesús para buscar juntos el Reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora» (EN 13).
 
El Espíritu Santo es quien reúne los creyentes en esta comunión. El mismo que personifica la comunión en la Trinidad, el Amor entre el Padre y el Hijo, es el dinamizador de la comunión en la Iglesia; «aquel mismo e idéntico Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones cristianas el inagotable manantial del que brota sin cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia» (ChL 19). Lucas narra en el libro de los Hechos de los apóstoles los comienzos de la comunidad cristiana, a la que llama ekklesía, sin hacer distinción en su magnitud local o universal. La narración, una lectura en clave teológica, resalta vivamente el protagonismo del Espíritu en todo el desarrollo de la comunidad, que se proyecta en dos dimensiones complementarias: una dirigida hacia el interior de la comunidad: es la comunión o koinonia; la otra proyecta la comunidad hacia fuera, hacia su misión: es el anuncio de la Palabra o evangelización.
 
7.1.-Koinonia.

«Koinonía es el término  que sintetiza y expresa la existencia de la comunidad primitiva como comunión con Cristo, muerto y resucitado, y, por él, con el Padre y con los hermanos mediante la acción de Espíritu Santo».
 
Esta dimensión nuclear y esencial de la comunidad cristiana se desarrolla a través de varios rasgos que Lucas sintetiza en los tres sumarios (He 2,42-47; 4,32-35 y 5, 12-16) de la comunidad de Jerusalén: 1) Comunión en la enseñanza de los apóstoles, dirigida fundamentalmente a los de dentro, aunque no excluye a los de fuera. Es la transmisión (traditio) de la experiencia originaria de la fe, partiendo de los apóstoles; 2) Comunión de vida y de fe, de bienes materiales y de sentimientos. Es lo que Lucas llama propiamente koinonía. Esta actitud de compartir se basa no en una simple amistad, sino en la acción de Jesús, que nos amó hasta el extremo, hasta dar su vida por nosotros (cf Ef. 5,2; Flp 2,68), y está, por tanto, íntimamente  ligada con el gesto de la eucaristía. 3) Comunión en la fracción del pan. El nombre alude al gesto familiar en Jesús, y tan frecuente entre los judíos, con el que el padre de la familia partía el pan, lo bendecía y lo distribuía. En la comunidad cristiana este gesto fue asumido como un signo con un contenido propio, a partir del cual se desarrolla una liturgia típicamente cristiana, la eucaristía. Mediante este gesto la comunidad realiza y actualiza no sólo la presencia de Jesús en medio de ella, sino sobre todo su participación en el sacrificio de Jesús, su disposición de ser cuerpo de Cristo repartido para todos. 4)Comunión en las oraciones. Desde el principio se siente comunidad orante, que se dirige al Padre con la oración de Jesús, movida por el Espíritu Santo. Es cierto que asume buena parte de las plegarias judías, especialmente los salmos, pero filtradas o releídas a través de la experiencia de Jesús, y esta experiencia la expresa la comunidad en las confesiones de fe, himnos y cánticos que pronto empiezan a circular entre las Iglesias y que Pablo recoge en sus cartas.
 
7.2.-Evangelización.

La comunidad ha sido reunida por la Palabra, se fundamenta en ella y mantiene su cohesión en torno a la Palabra (cf. He 2,37-41). Pero desde el primer momento, la comunidad -cada una de las sucesivas comunidades que van surgiendo, empezando por la de los apóstoles– “tiene viva conciencia de que las palabras del Salvador: Debo anunciar también el reino de Dios a las demás ciudades” (Lc 4,43), se aplican con toda verdad a ella misma» (EN 14). Y su acción evangelizadora aparece como una consecuencia de haber recibido del Espíritu Santo, y anunciaban con absoluta libertad la Palabra de Dios” (He 4,31). La Palabra que los miembros de la comunidad anuncian es testimonio de la resurrección de Jesús (He 2,32; 4,20; 5,12; etc.); es invitación a acoger el mensaje de Jesús y a convertirse a esta nueva vida» (cf He 5,20); también son testimonio de la llegada del Reino los signos que realizan curando enfermos y liberando de espíritus inmundos (cf He 3,6; 5,12-16; 8,5-7; etc.), y lo es la fuerza llamativa de su vida en comunión (cf He 2,47; 4,33; 5,13). Los que acogen la Palabra son introducidos en la comunión de los creyentes (cf He2,41.47), con lo cual se completa el dinamismo comunión misión de la mano del Espíritu: «La comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión» (ChL 32; cf EN 15). De igual manera, la iniciación catequética que la comunidad realiza con los que ya han aceptado la primera evangelización, no se limita al aprendizaje de la doctrina, sino que pretende la iniciación en la comunión cristiana, donde Cristo y la Iglesia se presentan de forma inseparable (cf DGC 80-81). 
 

8.-Comunidades de base y la Palabra de Dios.

Las comunidades eclesiales de base son en la actualidad el cauce más importante de escucha y vivencia de la Palabra de Dios en las parroquias del continente y en los barrios más carenciados. Son el espacio propicio para escuchar la Palabra de Dios y vivirla con profundidad.
 
Ellas son la "respuesta a la necesidad de vivir la experiencia de Iglesia en el seno de la pequeña comunidad, sobre todo en las sociedades masificadas, como las grandes ciudades de nuestro continente" (Orientaciones Comunes para la Catequesis de América Latina, n° 189).
 
Es el nuevo rumbo y enfoque eclesiológico de la Iglesia latinoamericana. Las distintas asambleas de obispos reunidas en Medellín, Puebla y Santo Domingo, han resaltado este nuevo modo de ser Iglesia, quizá porque ellas son el espacio de vida —la mayoría de las veces— de los más pobres del continente. Ellas son el nuevo "modo de vivir la Iglesia, de ser Iglesia y de actuar como Iglesia" ("Comunidades Eclesiales de Base", MARCELO DE C. AZEVEDO, en Mysterium Liberationis, Tomo 1, pág. 246).
 
Implican un nuevo estilo de vida y nuevas opciones para la Iglesia. Ellas son el lugar del pobre, el punto de encuentro de muchas vivencias y situaciones personales, familiares y lugar de la celebración del paso de Dios por la vida. La vivencia de la Palabra de Dios provoca en las Comunidades Eclesiales de Base una vida de fe intensa, un sentido de pertenencia que se hace visible en la fraternidad y la entrega por los hermanos. La Palabra de Dios se lee, se reflexiona y se ora de tal manera que ensancha y abre el corazón de las personas a Dios y al mundo que les rodea. Esta Palabra hecha oración y en comunidad, se hace compromiso solidario para con los demás, especialmente los marginados y pobres.
 

 
BIBLIOGRAFÍA:

Nuevo Diccionario de Catequética, pág. 1748 i 478

Articulo de Benedicto XVI “El valor de la Palabra de Dios en la comunidad eclesial”.

Articulo: Pastoral de la Palabra.

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