La etapa de la educación en la religión cristiana

En esta última etapa del proceso de iniciación en la espiritualidad la clave se concentra en ofrecer pautas encaminadas a la religión cristiana que asienten las bases para el posterior trabajo en los procesos iniciativos a la vida y a la celebración cristiana.

Todos los elementos citados en las etapas anteriores son complementados por la propuesta cristiana. Cristo es el camino que nos lleva a la unión con el Misterio, es decir Dios. Trabajar los procesos de pastoral y las acciones específicas que marca el cristianismo. En esta competencia entrarían en juego las distintas religiones y confesiones para llegar a la plenitud de la persona integralmente espiritual.

1. Los objetivos de la educación en la religión cristiana

En esta última etapa de la educación en la religión cristiana destacaremos los siguientes objetivos.

1. Depurar todos los ídolos y fetiches equivocados que se posean de la imagen de Dios, y conocer qué estructura conserva el cristianismo referente a su vivencia actual.

2. Practicar, situar y desarrollar los valores de la religión cristiana como son la paz, la justicia y todos los elementos que surgen de las bienaventuranzas.

3. Obtener experiencias fundantes que toquen el corazón de los niños, para que su creencia en el cristianismo no parta de unas obligaciones o cumplimientos de una moral o ética impuesta, sino de un convencimiento cierto y convencido de la adhesión a Jesucristo.

4. Ser capaz de entender, comprender, situar y experimentar las narraciones bíblicas no como relatos ciertos o una sucesión de datos históricos, sino como cuentos o mitos que ayudan a entender una vida experiencial de Dios en las personas que los escribieron. La magia e imaginación en esta etapa son importantes.

5.  Iniciar a los niños en el arte de la liturgia sabiendo que a través de ella las personas celebran los misterios divinos que están más lejos de donde pueden alcanzar las manos del hombre.

6. Al igual que en las etapas anteriores el silencio, la contemplación y la meditación son buenas, se debe practicar la oración para fortalecer la relación entre Dios y la persona de la que hablamos en el apartado anterior.

2. La habilidad espiritual en la religión cristiana

La habilidad de la búsqueda de la verdad se refiere a la capacidad del hombre por el misterio y la búsqueda de respuestas en ese sentido, la preocupación por la indagación, el planteamiento de cuestiones relativas a la fe, el sentido de la vida, la trascendencia, responden al interés por lograr la verdad. Es el espíritu crítico e investigador del hombre.

La actitud básica es el interés y la palabra clave, el conocimiento. El mensaje antropológico es el ansia por descubrir y saber. El mensaje cristiano es: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32). La búsqueda de la verdad lleva al hombre a interrogantes cada vez más complejos sobre la vida, el cosmos y Dios.

3. Los métodos para el trabajo en la catequesis

En esta cuarta etapa se trabajan tres de los cuatro pilares de la catequesis kerigmática. El primer pilar es el testimonial con el acompañamiento personalizado del catequista. El segundo pilar, el bíblico, con el lenguaje narrativo. El tercer pilar es el litúrgico con la iniciación de los niños a la liturgia. Abandonos el cuarto pilar que es el doctrinal para la Iniciación Cristiana a la fe cristiana.

3.1. La iniciación a la narración y al mito

Narrar es comunicar con palabras una historia real o ficticia, intentando que, por la entonación de la voz, el gesto, la actitud, los silencios, atraiga la atención de los oyentes, penetre en cada una de las personas y haga brotar sentimientos, expresiones y actitudes que de alguna manera afloran de su propia vida. Destacamos tres tipos de narraciones, la de cuentos o historias, las narraciones bíblicas y las narraciones de la propia historia.

Los cuentos, las parábolas o una historia determinada constituyen una forma de narración peculiar, que atrae la atención de los niños de tal forma que estos pueden llegar a identificarse, en cierta manera, con algunos de los personajes que aparecen e incluso con la situación narrada.

La narración de la fe está viviendo hoy día un momento feliz y contagia a todas las ciencias humanas: la filosofía, la psicología, el psicoanálisis, la historia, la sociología, la pedagogía, las ciencias de la formación, etc[1]. La fe es una historia de relatos, la Dei Verbum indica que la historia de Dios se ha realizado a través de «gestos y palabras».

Durante toda la humanidad han surgido cuestiones metafísicas acerca del origen, totalidad y sentido de la vida. Todas aquellas que la ciencia no ha sabido responder se han intentado tratar con un lenguaje narrativo. Las sabidurías, religiones y filosofías son las que tradicionalmente se han enfrentado y respondido a estas cuestiones utilizando un lenguaje más narrativo que argumentativo. Han usado el relato simbólico o el mito para ofrecer una visión del mundo, desvelar una realidad, proporcionar o construir una imagen gráfica de un mundo con sentido.

La iniciación en la IES ha de optar por una pedagogía narrativa, que ponga a la persona en relación viva con el Señor a través de historias. El mismo proceso por el que nos ha llegado el testimonio de los evangelios es un buen ejemplo de ello. «La fe es narrativa porque nace de un acontecimiento, de su memoria permanente, de su relato ininterrumpido. La entrada en la fe no puede realizarse más que a través de un proceso que actualice este relato y permita experimentarlo. La catequesis ofrece las palabras de este relato, sacadas primariamente de la Escritura. La Iglesia es el ámbito donde se acoge la narración del amor de Dios y el relato vivo de su gracia[2].»

El lenguaje narrativo se centra en las emociones, en la imaginación y en las intuiciones, se expresa creando símbolos y metáforas y deja de lado todo lo relacionado con lo racional y lo argumentado. La neurociencia ha descubierto que el lenguaje narrativo está asociado a los centros de lenguaje del hemisferio cerebral derecho y en conexión con otras regiones del cerebro. Mediante este lenguaje la persona ordena experiencias y construye la realidad. En esta labor de síntesis no quedan excluidos aquellos objetos difíciles de precisar, los sueños, los deseos, las ilusiones, la gratuidad, los compromisos, las creencias, la pasión, los errores, el absurdo, las fantasías, también la memoria y el olvido, el espacio y el tiempo, y lo fundamental la razón, la verdad, la justicia, la esperanza y el amor, porque la vida no es solo aquello material o que se puede tener en las manos.

Los cuentos constituyen el medio de sedimentación de las experiencias[3], que trascienden el ámbito de los individuos para pasar a atesorarse en la historia de los pueblos. Los cuentos transmiten valores, ideas y están hechos para enseñar y aprender, de ahí su anonimato, su antigüedad, su universalidad y su sociabilidad. 

«Más que demostrar, justificar o convencer, los jóvenes necesitan que se les cuente, que se les sugiera y que se les implique desde la narración de historias de vida. Utilizar géneros evangélicos como la parábola será indispensable. La palabra más que el concepto, la sugerencia más que la demostración. Debemos ser capaces de narrar nuestra propia historia a vueltas con la fe. Lo que se narra sabe a auténtico, y es más creíble que lo aprendido pero no experimentado. Lo que hemos vivido y lo que vivimos es lo que debemos transmitir[4].»

El escritor Joseph Campbell (1904-1987) fue un mitólogo, escritor y profesor estadounidense, más conocido por su trabajo sobre mitología y religión comparada. Este argumenta que el cuento y el mito conectan con la IES incipiente desarrollada del niño, y estimulan la cuestión del sentido y la apertura a lo que trasciende.

«En los cuentos se amasa la sabiduría comunitaria con el fin de ser transmitida; sabiduría que guarda relación con la conciencia, el horizonte donde van a parar los secretos que ayudan a la persona más a ser que a sobrevivir. En los mitos, en los cuentos, en las fábulas y parábolas se trata de empalabrar el mundo, de hacerlo significativo y habitable, para ello se hace memoria y se transmiten los saberes que faciliten hacerse cargo de la realidad u orientarse en el cosmos[5].»

El niño en edades tempranas todavía no separa la ficción de la realidad. La narración, el cuento, la historia y la parábola son herramientas con un potencial extraordinario para desarrollar capacidades del niño como la imaginación y la memoria, pero también su espiritualidad. «El Credo que profesamos juntos cada domingo contiene estos relatos[6].»

En la narración se pretende un aprendizaje catequético, las narraciones ayudan a clarificar las referencias de un tema a la vida y a la acción, hacen que broten imágenes interiores con las que se asocian los propios sentimientos y valores y se estimule un desarrollo de la identidad. Constituye una oferta para que uno pueda tomar una perspectiva personal, y pueda adoptar distintos puntos de vista del que narra o cuenta la historia. La narración hace confrontar con el niño o adulto sus propias vivencias existenciales, por tanto, la narración no solo ayuda a la autocomprensión, sino que estimula una transmisión crítica y productiva de las experiencias bíblicas cristianas.

La narración de relatos bíblicos es uno de los principales lenguajes en la Biblia. En ella no se narra una doctrina ni una fábula ni mucho menos un cuento. Se narra la experiencia del amor salvador de Dios, vivida y transmitida por los testigos directos de los acontecimientos o por personas cercanas a ellos.

 

Es una narración hecha por hombres y con lenguaje humano, cuyo centro es Dios actuando en la historia de los hombres. Gracias a la narración, el que escucha y el que habla quedan implicados en la historia que se narra y pueden descubrir que su propia experiencia, su historia personal o su historia colectiva es parte de un proceso que se inició en el pasado y que encontrará su plenitud en el futuro.

La narración hay que situarla en el contexto de la Historia de Salvación como un eslabón en una cadena. Se ha de evitar el subjetivismo, destacando la presencia salvadora de Dios, tal como fue descubierta por los creyentes que lo escribieron. No olvidamos que comunicar la fe no es transmitir un saber sobre Dios, sino una experiencia personal o comunitaria, de encuentro con Él, que hay que situarla en el contexto de la Historia de salvación.

Las narraciones bíblicas se presentan como una «paciente exploración de la infinita complejidad de lo humano, con sus grandezas, miserias y contradicciones; en sus dimensiones personales, familiares, sociales y políticas; con sus preguntas existenciales pequeñas y grandes. En ellas, cada lector puede aprender lo que realmente es lo humano[7]».

Robert Coles señala: «Los relatos de la Biblia y de otros textos sagrados de la humanidad no se reducen a un mero simbolismo que permite a la vida emocional expresarse. Estas historias religiosas, a su juicio, inspiran literalmente a los niños, incitan su espíritu a desarrollar sus pensamientos y sus fantasías y los ayudan a progresar en madurez y a convertirse en más reflexivos, más seguros de sí mismos[8].»

«El elemento central de la formación espiritual lo constituye el conocimiento de las Escrituras y el acercamiento constante a esa fuente de la fe que es la Palabra de Dios[9].»

Como dice muy bien el Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia: «es necesario dejar hacer a la Palabra de Dios su trabajo. La Palabra de Dios resuena en las Escrituras. Pero se dirige a los hombres una Persona, antes que presentar un texto para el estudio. Es el lugar de una interacción. Hay que acercarse al texto bíblico favoreciendo todo lo que pueda hacer posible el trabajo del Espíritu Santo en el corazón de cada uno[10]».

Se trata, también, de poner el niño en contacto con Dios, de procurar que el niño escuche a Dios[11]. Es necesario que la Palabra de Dios aparezca como una verdadera «Buena Nueva». Aquí tiene un gran papel la vivencia cristiana del catequista y la presentación del mensaje. Narrar a Jesucristo «bajo el árbol de la palabra[12]» invita a los catequistas a implicarse y explotar mucho más el análisis narrativo, que estudia el modo cómo se narra una historia de manera que introduzca al destinatario en el mundo del relato y en su escala de valores[13].

El método del uso de la Biblia en la catequesis del matrimonio francés Claude y Jacqueline Lagarde es muy sugerente[14]. La metodología para el trabajo de los textos bíblicos con niños consta de cuatro momentos: información, creación, tiempo de la palabra y oración. Los cuatro momentos se repiten a lo largo de la pedagogía a desarrollar entre los siete y los catorce años, si bien el modo de trabajar cambiará progresivamente conforme avance la edad.

Otro método para el trabajo con la Biblia es el de José Luis Elorza[15], basado en diversos niveles, para escapar del burdo fundamentalismo científico y la de tentación de no pocos de querer positivar todo lo que se lee en ella. La Biblia no es una obra científica, sino más bien literaria, escrita con mucha libertad y que nos permite leerla a varios niveles de lectura: el primer nivel de comprensión racional, extrayendo el sentido impreso por el autor del texto; el segundo nivel de lectura es el existencial antropológico, que hace referencia a la problemática existencial que vive el ser humano, en este caso el niño o adulto; el tercer nivel de lectura es el teológico: en la Biblia se hallan las respuestas a las preguntas sobre Dios, el ser humano, el cosmos y la historia; y el cuarto y último nivel de lectura es el experiencial, espiritual o relacional, el que explicita la relación del que lee con Dios, Dios abriéndose y dirigiéndose al ser humano para hacerle vivir una historia de diálogo y relación con Él.

«La experiencia humana interroga a la Palabra de Dios y se deja interrogar por ella; la Palabra de Dios responde a la experiencia humana, la colma de sentido y a su vez la interpela. El resultado esperado de esta interrelación es la confesión de fe, que se manifiesta en tres formas diferentes y complementarias: proclamando y expresando lo que se cree (profesión de fe); contemplando y celebrando la fe (oración y sacramentos) y, finalmente, realizándola en la vida (compromiso). Esta confesión de fe introduce progresivamente al catequizando en el seguimiento de Cristo, dentro de la Iglesia[16].»

La narración de la propia vida, la experiencia de narrar la propia vida, un acontecimiento, una etapa clave, una situación, favorece la toma de conciencia personal de lo que nos pasa o nos ha pasado y la posibilidad de una auténtica comunicación no teórica sino vivencial. A la vez, aumenta la capacidad para ir descubriendo el paso de Dios por nuestra vida, su acción bondadosa y misericordiosa, su presencia en cada momento de nuestra historia personal.

A los niños a veces les resulta difícil contar lo que les pasa y dan muchos rodeos sin llegar a lo fundamental. Es, por tanto, necesario que los niños se sitúen ante sí mismos, den nombre a lo que les sucede, profundicen en ello y construyan significados.

3.2. La iniciación a la liturgia

Educar en el arte de la liturgia es otro de los métodos de la etapa de la educación en la religión cristiana, y la iniciación de los niños a la liturgia es prioritario[17]. La sentencia de McLuhan se hace más patente «el medio es el mensaje». Hoy al ver los seminarios y casas de formación de las congregaciones religiosas habría que hacerse la pregunta: ¿Por qué a los jóvenes sacerdotes les gusta tanto la liturgia? Una parte de la respuesta es muy sencilla y responde al arte corporal, y a una admiración por todo lo artístico y bello de la religión.

«La acción litúrgica es un lenguaje multimedial e interactivo de tipo simbólico y lúdico que introduce dentro de una experiencia estética religiosa la diferencia en la que quedan rotos los vínculos de lo cotidiano y el fiel accede a la alteridad de lo Sagrado[18].» 

«La belleza de la liturgia no consiste en que en ella aparezcan muchas obras de arte o producciones bellas. La belleza de la liturgia reside en la acción litúrgica misma, pues se trata de la prolongación de las obras salvíficas de Jesús. La liturgia es tanto más bella cuanto más deje traslucir y produzca los efectos de las acciones de Jesús en quienes participan en ella. De este modo, belleza y liturgia comparten una serie de efectos: alegría, transformación, experiencia de orden (armonía)[19].»

La iniciación de los niños a la liturgia tiene cuatro características que hay que tener en cuenta. La primera característica es la evolución, es decir, la iniciación debe ser progresiva, de las cosas más simples a las realidades más inexplicables. La segunda característica es que debe estar basada en la fe, no en el razonamiento. La liturgia trata del misterio de la fe y no de cosas que la razón puede describir. La tercera característica es la iniciación dinámica: no se trata de trabar una lección, sino un aprendizaje, activo y orante, lo que cuenta es la práctica y no tanto la teórica. Y la última característica de la iniciación es el concretismo, no se trata de hablar de ideas, sino de la vida. La liturgia no es para ser escuchada, pensada o seguida, es para ser participada y vivida. 

«La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental. A menudo, sin embargo, la práctica catequética muestra una vinculación débil y fragmentaria con la liturgia: una limitada atención a los signos y ritos litúrgicos, una escasa valoración de las fuentes litúrgicas, itinerarios catequéticos poco o nada conectados con el año litúrgico y una presencia marginal de celebraciones en los itinerarios de la catequesis.» (DGC 30) 

«La catequesis litúrgica prepara a los sacramentos y favorece una comprensión y vivencias más profundas de la liturgia. Esta catequesis explica los contenidos de la oración, el sentido de los gestos y de los signos, educa para la participación activa, para la contemplación y el silencio. Debe ser considerada como una forma eminente de catequesis.» (DGC 71)

Es importante que el niño aprenda a diferenciar los distintos tipos o modos de oración, y los gestos que acompañan el acto litúrgico. Se debe practicar los mismos gestos: de rodillas, de pie, inclinados, manos abiertas, rostro en tierra, ante los recuerdos y las presencias. La liturgia no quiere uniformar ni confundir al niño, se pretende que con el cuerpo y la expresión corporal puede alabar a Dios y entrar en el Misterio de su presencia. 

«La liturgia es el lugar donde la Iglesia experimenta, en toda su riqueza, la fe en la que está establecida. La liturgia es, sobre todo, el lugar vivo de la iniciación: con el lenguaje de la belleza, las actitudes, los desplazamientos, los gestos y las palabras que dan vida, ayuda a descubrir que cada acción y cada palabra de Cristo, se han realizado para nuestra salvación. Por este camino de experiencia, la liturgia introduce en el misterio pascual. Y el lugar principal donde se inscribe en este mundo el misterio pascual es el sacramento de la Eucaristía[20].»

En la iniciación litúrgica los niños se integran a la oración comunitaria, por lo que toda catequesis debe estar impregnada de celebración. La celebración tiene un carácter festivo, celebrar es agradecer la vida misma, es gozar y disfrutar de la historia compartida. Se celebra lo que se comparte con otros. En la catequesis son muy importantes las celebraciones de la palabra, con los siguientes elementos: la Palabra de Dios, el grupo, comunidad o asamblea, motivo para celebrar, gesto sacramental, un clima festivo, la oración, y el compromiso personal y comunitario[21].

Los signos y gestos son vitales en la comunicación humana, los gestos impresionan más que las palabras, el gesto puede ayudar a mejorar el estado interior. Jesús, fue el gran gesto de Dios a la historia de la humanidad. Es importante el gesto en la catequesis de niños. El gesto es mucho más significativo que la palabra, los niños, sobre todo los pequeños, necesitan muchos más gestos para expresarse. Debemos procurar que los niños vivan los gestos religiosos que realizan, y debemos exigir autenticidad y sinceridad de modo que los gestos que hace el catequista se correspondan con su interior.

Los elementos litúrgicos que intervienen en la celebración tienen vital importancia y deben ser conocidos y explicados progresivamente: El altar, cáliz, patena, copón, velas, cruz, las vestimentas litúrgicas, los colores litúrgicos, los signos, fuego, incienso, campanas, etc. 

«Nuestra catequesis sitúa el sacramento después de un camino, que asume el rasgo de obligatoriedad, y lo conecta después con las exigencias y compromisos que deberían ser observadas. Si esta es la lógica de fondo, estamos impidiendo vivir el momento de la celebración como un don, porque lo hacemos depender del compromiso precedente, e inhibimos su fuerza transformadora porque pretendemos determinar nosotros la vida de gracia que el sacramento concede vivir. Nunca debemos olvidar que lo que se celebra en el sacramento es siempre mucho más que el compromiso que se pidió previamente y mucho más que el que determinamos que tiene que cumplirse después[22].»

La celebración en el contexto religioso toma verdadera importancia, se celebran las acciones realizadas por el individuo, el grupo y por Dios. Hay que empezar a valorar acciones simbólicas que son expresión de la vida de fe. Las fiestas son el mejor ejemplo experiencial para vivir el sentido de la vida.

Mediante la participación activa en una celebración, el niño va aprendiendo a asumir una responsabilidad en el ejercicio de la misma, por tanto, hay que procurar que los niños vivan los gestos religiosos que realizan y que siempre deben responder a actitudes interiores. Hay que explicar el sentido de dichos gestos y que los hagan con detenimiento.

Todo gesto litúrgico utilizado en las celebraciones y vivido con intensidad por los niños ayudará de manera muy especial a establecer una comunicación profunda y auténtica con Dios Padre.

3.3. La iniciación a la oración

La iniciación a la oración de los niños, adolescentes y jóvenes es otro elemento clave en la educación de la IES en la catequesis. La oración es la expresión máxima del amor de Dios con los hombres. La catequesis es el ámbito adecuado para iniciar a los niños en la oración, debemos despertar el gusto por la oración. La iniciación en la oración no consiste tanto en hablar de Dios, sino en hablar con Dios.

El niño debe crecer en la fe con tres certezas adquiridas y vividas desde pequeño: la grandeza de Dios, el amor de Dios y la necesidad del Absoluto que tiene el ser humano. Educar en la toma de conciencia de la relación con su Dios marca la necesidad de educar en la oración. Diferentes formas de oración ayudan a crecer en la IES: la oración personal o silenciosa y la oración comunitaria. Es necesario que las oraciones que los niños aprendan les sirvan para la vida adulta.

Con el aprendizaje podemos caer en algunos errores pedagógicos bastante frecuentes: reducir las oraciones al simple aprendizaje de memoria sin una reflexión de su sentido profundo; deformar el sentido de la oración; obligar a rezar a los niños cuando no están predispuestos; pretender que los niños recen al «estilo adulto». La memorización sobre todo con los niños tiene como objetivo que lleguen a poseer una síntesis de conocimientos y agilicen el cerebro, «el ejercicio de la memoria ha de integrarse armónicamente entre las diversas funciones del aprendizaje» (DGC 154), tales como la reflexión, el diálogo y la interiorización.

Los proyectos como los «oratorios[23]» que acercan la experiencia de Dios a los niños son fundamentales. La misión de estos lugares de oración consiste en escuchar y guardar la Palabra en la mente y en el corazón para recibir con alegría la misión y el envío de Dios.

El oratorio en niños tiene diversos niveles: El nivel cero, de 3 a 5 años, pretende la iniciación a las presencias y recuerdos de Jesús, es la iniciación a la oración sencilla. En este nivel el niño consigue experiencias de admiración, sorpresa y bendición. La experiencia estructurante es el primer encuentro del niño con Dios.

En el primer nivel de 6 a 7 años siguen las presencias y recuerdos con Jesús, y se inicia a la oración de petición, a la oración de acción de gracias y de bendición. El niño consigue en el oratorio sentirse valorado, curado y sanado por Dios, recibe el perdón y la ternura de un Dios Padre que le ama. Con la repetición de la Palabra de Dios, y con el canto repetitivo se pretende una relación de amistad con Dios.

En el segundo nivel de 7 a 8 años se ejercita un trabajo de mayor participación e iniciativa de los niños. En esta etapa se consolidan los hábitos de oración, los encuentros con Jesús y su amistad con él.

En el tercer nivel de 8 a 9 años se presenta a Jesús como uno de ellos, creciendo como crecen ellos y con una familia como la que tienen ellos. Se habla de la Trinidad, y se empiezan a familiarizar con el Espíritu Santo. Los niños experimentan e interiorizan que ellos crecen al igual que creció Jesús, en edad, sabiduría y gracia.

En el cuarto nivel de 9 a 10 años, surge la experiencia vocacional, y la identificación con Jesús como modelo a seguir, a descubrir y a escuchar.

El quinto nivel de la etapa de la infancia de los 10 a los 11 años se experimenta la identificación y familiarización con Jesús, se trabaja el sentimiento de admiración por la creación. La oración se convierte más personal y se transforma en una presencia vivificadora.

A partir del sexto nivel de 11 a los 12 años se trabaja con los evangelios de las lecturas de los domingos, se profundiza en la relación personal con Jesús, con una comunicación y expresión espontánea, sincera y verdadera.

Las claves teológicas que iluminan la realidad del oratorio, lo interpretan y lo orientan son las siguientes: el Reino, presencia amorosa y gratuita de Dios; la conversión, experiencia de encuentro con el Señor que transforma nuestra vida; el seguimiento, como relación personal con Jesús; la disponibilidad, como la libertad para aceptar ese seguimiento; la vocación, como discernimiento del diálogo constante con Dios; la comunidad, como experiencia viva, fraterna y comprometida del niño; la misión, como respuesta a la iniciativa de Dios y razón de la vida cristiana.

3.4. La iniciación a los símbolos religiosos

«El carácter trascendente del misterio de Dios y de la salvación confiere a la pedagogía catequética el carácter de ser una pedagogía de signos.» (CC 216) 

«La pedagogía de los signos utilizará, con provecho, el método inductivo […] Consiste en la presentación de hechos (acontecimientos bíblicos, actos litúrgicos, la vida de la Iglesia y la vida cotidiana) considerándolos y examinándolos atentamente a fin de descubrir en ellos el significado que pueden tener en el misterio cristiano.» (CC 218)

El lenguaje simbólico en la catequesis es un elemento de la realidad material que hace presente una realidad inmaterial. Por ejemplo, el ramo de flores que nos regala alguien que nos quiere hace presente su amor, su cariño. Aquello que simboliza es mucho mayor, más profundo que el elemento material empleado[24].

El símbolo es una forma entrañable, poética y trascendente de manifestar emociones, sentimientos, ciencias, realidades que no podemos expresar con palabras. Produce resonancias en nuestro interior. Un mismo símbolo puede tener para personas distintas el mismo significado o diverso.

El símbolo constituye en la vida de toda persona, así como hemos tratado anteriormente en la Biblia y en la liturgia, uno de los lenguajes más expresivos y más aptos para la comunicación humana y cristiana. Por ello en la iniciación de la educación en la IES adquiere una gran importancia. Prescindir de él constituye un empobrecimiento porque afecta a la misma finalidad.

El niño debe crecer familiarizado con los símbolos religiosos básicos y tan trascendentales para todo cristiano. El objetivo final es que interioricen dichos símbolos. Son los objetos de la vida diaria: la cruz, el agua, el aceite, la luz, elementos básicos y de gran importancia en la experiencia de los primeros años. Reconocer el templo o la capilla como lugar de oración y encuentro con Jesús es otro aspecto importante en la educación de la IES.

Es importante que los niños observen y aprendan a descubrir los referentes religiosos de su entorno, aprendiendo a respetar los símbolos y signos religiosos.

3.4. La iniciación a la reconciliación

Otro de los métodos para trabajar la educación en la IES en la catequesis es la iniciación a la reconciliación. En la realidad infantil se producen innumerables situaciones de conflicto en las que debe intervenir el adulto, el saber pedir perdón y perdonar garantiza un desarrollo en la IES. Cultivar la reconciliación es aprender a perdonar.

En las situaciones de enfado o pelea que son algo habitual en los niños, es interesante que el niño perciba y sienta de una manera especial que cuando se enfada con los demás se rompe la armonía, la amistad y el cariño, y se siente triste. De esta manera también es importante que experimente el gozo de la reconciliación, la vuelta a la amistad y al cariño.

Aprender a pedir perdón es una actividad que requiere el manejo de ciertas habilidades emocionales de las que hay que dotar al sujeto. Aprender a perdonar pone en juego la empatía y la habilidad en la conducta prosocial, la negociación y la resolución de conflictos.

El objetivo educativo de esta iniciación es que el niño descubra la presencia de Dios, Padre que ama y siempre perdona, incluso a él, y que le invita a hacer las paces. Educar en la reconciliación es una manera de experimentar la misericordia y el perdón de Dios.

 

[1] EQUIPO EUROPEO DE CATEQUESIS, La dimensión narrativa de la catequesis, PPC, Madrid, 2011, 6

[2] EQUIPO EUROPEO DE CATEQUESIS, ob. cit., 13

[3] Cfr. G. RODARI, Gramáticas de la fantasía, Del bronce, Barcelona, 2007, 73

[4] A. CHORDI MIRANDA, Los jóvenes nos hacen mover ficha. ¿Cómo impulsar la pastoral con jóvenes hoy?, en «Misión joven» n. 354-355 (Julio-Agosto 2006)

[5] J. M. CASTRO CAVERO, ob. cit., 79

[6] E. BIEMMI, ob. cit., 111

[7] EQUIPO EUROPEO DE CATEQUESIS, ob. cit., 64

[8] F. TORRALBA, Inteligencia Espiritual en los niños, ob. cit., 180

[9] A. DUPLEIX, Para una formación espiritual, en H. DERROITTE, DANIELLE PALMYRE (Dirs.) «Los nuevos catequistas» CCS, Madrid, 2010, 164

[10] CONFERENCIA DE LOS OBISPOS DE FRANCIA, Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia y Principios de organización, CCS, Madrid, 2008, 50

[11] Cfr. J. GUITERAS VILANOVA, Fets i paraules, Manual per a la formació dels catequistes, Publicacions Abadia de Montserrat, Barcelona, 1984, 215-218

[12] «”El árbol de la palabra” es un lugar donde los africanos discuten sus problemas e intentan resolver las diferencias que enfrentan a los miembros de la comunidad. Como espacio público de comunicación, de discusión y de debate, es algo que concierne a toda la Iglesia universal, aunque en su particularidad pueda parecer que únicamente concierne a las iglesias africanas», cfr. D. KEMBE EJIBA, La importancia de los relatos en la catequesis, en H. DERROITTE (dir) «15 nuevos caminos para la catequesis hoy», Sal Terrae, Santander, 2008, 186

[13] Cfr. DOCUMENTO DE LA COMISIÓN BÍBLICA PONTIFICIA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, B. Nuevos métodos de análisis literario. 2. Análisis narrativo.

[14] Cfr. C. y J. LAGARDE, Enseñar a decir Dios, Herder, Barcelona, 1981; C. y J. LAGARDE, El Antiguo Testamento contado a los niños, Ed. SM, Madrid, 1981; y C. y J. LAGARDE, Jesucristo contado a los niños, Ed. SM, Madrid, 1981

[15] Cfr. J. L. ELORZA, Biblia y pastoral, en «Lumen» n. 55 (2006) 81-200

[16] G. ESPINA PERUYERO, ¿Cómo hacer de la Biblia el libro de la catequesis?, Ediciones San Pío X, Madrid, 1998, 64-65

[17] Cfr. J. JULIÀ, ENRIC PLANTÉS, Iniciació dels infants a la litúrgia, Secretariat Diocesà de Catequesi de Girona, Girona, 1989

[18] L. MALDONADO, El sentido litúrgico. Nuevos paradigmas, PPC, Madrid, 1999, 132

[19] C. DEL VALLE CARABALLO,  «Hasta que vuelva…» (1Cor 11,26). Belleza y liturgia, en «Sal Terrae» n. 100 (2012) 131-143

[20] Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia, Ed. CCS, Madrid, 2008, 43. Hace referencia a la «Carta a los católicos de Francia». Ver este documento en D. MARTÍNEZ et al., Proponer la fe hoy, Sal Terrae, Santander, 2005, 37-84

[21] Cfr. L. M. BENAVIDES, Metodología catequística para niños. Como dar catequesis hoy, PPC, Madrid, 2008, 143-174

[22] E. BIEMMI, ob. cit., 61

[23] Proyecto que se inicia con el P. Gonzalo Carbó Bolta en los centros escolapios y que se ha expandido a la Congregación de Claretianos. El oratorio se ha ido extendiendo por diversos colegios y parroquias de la geografía española, abarcando diversas edades y sobre unos materiales específicos publicados por el Equipo de Pastoral Infantil y Juvenil de Claretianos de Santiago.

[24] Para más información sobre los símbolos, signos y sacramentos leer el libro de BOFF, L. Los sacramentos de la vida, Sal Terrae, Santander, 2008

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