La etapa de la educación en la religiosidad

Es la etapa de encauzar humanamente las preguntas y respuestas que se han realizado en los dos procesos anteriores. La religión es una dimensión de la existencia del hombre. Durante todas las etapas de la historia de la humanidad han existido las religiones, forman parte de la estructura de las personas. El homo religiosus a través de los siglos demuestra que forma parte de la existencia del propio ser y no se puede despegar.

Si Dios existe o no es difícil de demostrar, pero los hombres necesitan unas plataformas donde poder encontrarse y dialogar con el Absoluto y con sus contemporáneos sobre esta experiencia. Por tanto las religiones son propuestas humanizadoras para la persona. En este proceso se comparte con las otras personas la propia experiencia espiritual sintiéndose miembro de la comunidad religiosa a la cual pertenece  y se identifica. Consiste en la capacidad de la persona de compartir con otros la propia experiencia espiritual, sintiéndose miembro de un grupo con el cual se identifica y junto el cual manifiesta su religiosidad.

Todas las religiones o formas trascendentes de la humanidad parten de un Absoluto o una suprema realidad última: Brahman en la tradición hinduista, Dharma, Dharmakaya o Nirvana en la budista, Tao o T’ien/Cielo en la tradición china. Y aunque las tres religiones monoteístas tengan algunas diferencias todas acceden al único Dios de Abraham[1].

Las religiones son una propuesta humanizadora para la persona, sabiendo que marcan un sendero, unas normas que cumplir, una forma de relacionarnos con los otros y con Dios. Esta dimensión comprende al ser humano, que confesándose creyente se «religa» a una manifestación religiosa con las peculiaridades propias de cada una de ellas.

1. Los objetivos de la educación en la religiosidad

Incluyendo todos los objetivos de las etapas anteriores en esta añadimos los siguientes:

1. El niño debe conocer el hecho religioso y reconocer que durante la historia de la humanidad ese hecho ha ido configurando las personas y la historia de esas personas.

2. Descubrir e identificar las diferentes religiones, sus procesos y propuestas ayudará a la persona a ser tolerante con el otro y a saber expresar sus ideas y experiencias del trascendente encajándolas en una sensibilidad.

3. Entender las respuestas que dan las diversas religiones a las preguntas que se hace la persona sobre su existencia y el significado que tiene y que él le puede dar. El diálogo es fundamental en esta etapa, desarrollar la capacidad de apertura mental, fuente para evitar fundamentalismos.

4. El niño y el adolescente deben entender, comprender y situar las manifestaciones religiosas en el arte, la música, la literatura, para que luego pueda entender que bajo cada religión existen unos rituales que deben respetarse y valorarse.

5. Practicar y compartir experiencias de oración de las diferentes confesiones religiosas, e integrar como normal la contemplación con el medio natural y su valoración.

6. Capacitar a la pregunta sobre las religiones implica respetar, conocer y valorar diferentes opciones como puede ser la agnóstica y atea. Conocer, situar y saber de sus experiencias ayudan a respetar las otras personas y a valorar en lo que uno cree y practica.

2. La habilidad espiritual de la religiosidad

La capacidad de amar es una habilidad que ayuda a despertar el sentimiento de amor que todos los seres humanos llevan en su interior. Este sentimiento ama a las personas, pero también a la creación, y ayuda a desarrollar una conciencia ecológica. El desarrollo de esta destreza lleva a la entrega y a valorar la importancia de los sentimientos en la vida de las personas y en sus relaciones. Así, los sentimientos de felicidad, alegría y gratitud proceden de ella.

La valoración de esta capacidad es prioritaria para los cristianos, Dios nos pide que amemos a nuestros semejantes. Pero no es posible amar si el individuo no ha sentido ese sentimiento, por eso es prioritario que el niño desde muy pequeño reciba muestras de cariño y amor para crecer con esa voluntad de amar a sus conciudadanos. El mensaje antropológico sería poner amor en las cosas que uno hace.

3. Los métodos para el trabajo en la catequesis

3.1. Educar para la formación del grupo

La antropología cristiana nos dice que la persona es social y está abierta a la comunicación, ella se realiza como persona en la medida en que se relaciona. El «yo» se humaniza en la medida en que se abre al diálogo con el «tú»[2]. Necesitamos del grupo, de la comunidad para madurar y crecer.

La persona humana necesita de la mirada del «otro», del cariño de la familia. El «otro» nos deja «ser» porque nos mira y nos nombra. Necesitamos pertenecer para poder reconocer nuestra existencia. Somos porque nos relacionamos. La experiencia de la vida en común late por todos los poros de la piel del hombre y especialmente del niño a quien estamos educando. La religión nos «religa» a los demás cuando compartimos unas mismas ideas y una misma trascendencia. Sobre todo en la cristiana, que nos hace a todos hijos de un mismo Dios y crea un sentido de pertenencia al hacernos a todos los seres humanos iguales.

Educar en la dimensión de la IES es enseñar a transformar nuestro sentimiento individual en un sentimiento de pertenencia a la comunidad humana desde el compromiso con ella. Para ello necesitamos trabajar en grupo, pequeña comunidad, como visualización de nuestra pequeña comunidad de creyentes. Algunos pasos significativos en este sentido son: sentirse convocado con otros a hacer un camino, sabiendo que el grupo se construye día a día, cayendo en la cuenta de lo que son y significan las pequeñas comunidades de creyentes, descubriendo la especificidad del grupo y su maduración en la fe, sabiendo que el grupo es para un determinado planteamiento formativo, haciendo del grupo parte de mi propia vida, dejando que los hermanos del grupo entren en mi propia vida, desde la fraternidad, aprendiendo a caminar con las limitaciones y fracasos que dependen de la condición humana, encontrándose con la comunidad cristiana de adultos, discerniendo y creando un proyecto de vida personal y comunitario[3].

La formación del grupo responde a satisfacer las necesidades vitales del niño, la necesidad afectiva de amar y ser amado; la creatividad o productividad: sentir que las cosas salen mejor de nuestras manos, el sentimiento de sentirse útil; la necesidad de dar sentido a la vida y a la de los demás; la necesidad de libertad en la responsabilidad, la capacidad de mostrarse uno tal y como es: transparente, espontáneo y auténtico.

El acto catequético se realiza en el grupo de catequesis, porque es imagen de la vida comunitaria (DGC 76). El grupo catequético y la catequesis en grupo es expresión de la iniciación a la comunidad de creyentes, y es a la vez una exigencia de la catequesis.

3.2. Practicar la oración

Cuando «hablamos» con Dios o rezamos, estamos haciendo lo mejor que podemos para alcanzar esa sabiduría innata en el centro de nuestro ser que nos pone en contacto con la totalidad de la realidad. Cuando Él contesta, le oímos desde lo más profundo de nuestro ser. Pero por esa razón, «la Palabra de Dios» o el poder curativo de nuestra IES no puede jamás ser final. Se trata de un proceso de comunicación en curso, de un diálogo. «Dios» siempre está cambiando. Una persona es creyente si reza, si dialoga con Dios, si hace silencio para escuchar su Palabra.

«La oración es la primera puesta en ejercicio, a través de la palabra, el gesto y el silencio, de la adhesión incondicional a la autodonación de Dios[4].»

«Dios está en todas partes, pero solo se oye en el silencio y la oración no es otra cosa que establecer contacto con Dios[5].» 

3.3. Adiestrar para la fraternidad universal

 Se trata del trabajo en la capacidad de reconocer que todas las personas y todos los seres vivos están conectados en una gran red de vida, en una fraternidad cósmica y que además debe de ser solidaria es una de las tareas de la catequesis en la educación de la IES.

El educado debe saber que no hay nada que exista únicamente para sí, todo se limita al otro y se apoya en un contexto más amplio: todo está unido y relacionado. En esta existencia se vive en una triple relación: con la naturaleza, con el mundo histórico y consigo mismo. Por tanto, la educación en la IES debe romper la visión unidimensional y errónea de la autonomía personal. El nuevo paradigma exige reconocer la interdependencia y el sentido de solidaridad cósmica.

Los grandes errores de la humanidad, como el materialismo, el funcionalismo y el consumismo, conducen a las personas a una devastación de la naturaleza y a una pérdida de la fraternidad cósmica con todos los seres.

3.4. Cultivar el ejercicio del filosofar

La necesidad de cultivar el ejercicio de la filosofía es otra de las estimulaciones necesarias para la capacidad de la IES. No solo se refiere a la actividad filosófica del conocimiento, sino en la del ser más íntimo. Cuando un niño razona, argumenta, deduce e induce, se conoce más a sí mismo y aprende a tomar distancia de la realidad, a trascender lo material y a formularse preguntas cruciales sobre el sentido de su existencia.

«La filosofía nace de la capacidad que tiene el hombre de asombrarse» (Aristóteles)

El hombre es un ser que se pregunta constantemente y que hace camino a lo largo de su existencia pasando del asombro a la reflexión. Somos filósofos por naturaleza y los interrogantes que se han venido haciendo a lo largo de la historia sobre su existencia no nacen de la simple curiosidad científica, orientada a incrementar su saber o su conocimiento, sino que más bien parten de los problemas antropológicos del hombre[6].

«Filosofar es aprender a desprenderse: no se nace libre, sino que se llega a ser, y nunca se acaba de llegar[7].»

En los antiguos, el filosofar consistía en ejercitarse en el arte de vivir, es decir, vivir consciente y libremente. Para filosofar se necesita la interrogación, la capacidad de preguntar, de cuestionarlo todo, de no suprimir ni censurar nada por diferente o extraño que sea.

«Kant nos muestra que el criticismo es inherente a la filosofía, que filosofar es criticar, pero, sobre todo, someterse a sí mismo a la crítica[8].»

Como describe Torralba en su libro Los maestros de la sospecha. Marx, Nietzsche, Freud, el filosofar es un «huésped inquietante», «un despertador mental que nos salva de la inercia de la razón, de la tendencia a recorrer los mismos lugares y a circular por los mismos territorios[9]». Es un estímulo intelectual y un compañero que nos exprime el pensamiento y de esta manera nos ayuda a ganar en autonomía y a convertirnos en mayores de edad.

No se trata de presentar temas de filosofía para que los niños puedan entenderlos, el objetivo del ejercicio de filosofar es que los niños liberen su pensamiento, que ordenen sus argumentos y expresen correctamente lo que sienten, piensan e imaginan. Se preguntarán sobre su mente, sobre qué es la realidad, qué cosas son las justas y por qué debemos ser justos.

Filosofar con niños activa la IES, pero también las otras inteligencias que nos proponen Howard Gardner y Daniel Goleman, y habilitan sobre conceptos básicos en la filosofía y la vida como los valores de la verdad, la realidad, el ser, la belleza, el bien y el mal, el orden y la unidad.

3.5. Desarrollar la capacidad para amar

Aprender a amarse a uno mismo y a los demás es la tarea más importante en la vida. Abriendo ante los ojos y el corazón al amor de los demás, quizá es la mejor escuela de la vida. Desarrollar la capacidad de amar lleva al niño a valorar la importancia de los sentimientos y a experimentar emociones de felicidad, alegría y gratitud relacionadas con el amor. Se sirve de la empatía, la solidaridad y el altruismo para conseguir sus fines. Educar en el amor es descubrir cómo se recibe un amor infinito de los padres, de los que le rodean y de Dios.

3.6. Ejercer la solidaridad y la compasión

El ejercicio de la solidaridad pertenece al ámbito de la IES. Cuando alguien practica la solidaridad lo hace porque se siente unido al otro, a sus dolores y sufrimientos. Este ejercicio proporciona la superación de barreras étnicas y culturales para abrirse al mundo. Cabe destacar que ser solidario no consiste en hacer una aportación económica sin más, implica una desposesión del ego y la superación de la dualidad. La solidaridad es salir de uno mismo, querer para los demás lo que quiero para mí.

La misma palabra solidaridad describe sentimientos, conductas, compasión, fraternidad, generosidad y compromiso, es decir, ensancha el yo individual al ámbito del nosotros.

«Tanto la caridad como la gratuidad nacen de la compasión, […] ambas acciones se pueden considerar como una especie de respiración espiritual: la gratitud es cuando inhalas y recibes la energía otorgadora de vida; la caridad es cuando exhalas y la devuelves al entorno[10].»

La compasión es una disposición del individuo que desea que sus semejantes se liberen del sufrimiento, lo cual va unido íntimamente a un compromiso activo para ayudarlos en esta tarea. Es un sentimiento, pero también una acción responsable. La estimulación de la compasión en el niño predispone a trabajar con las tres inteligencias de las que se ha hablado durante el capítulo anterior: la IE (Inteligencia intrapersonal) y la IS (Inteligencia interpersonal). La IES predispone a la persona a unirse con los otros, la Inteligencia emocional a expresar y canalizar sus emociones en bien del otro, y la Inteligencia Social permite establecer las relaciones con los demás individuos.

El sentimiento nos hace verdaderas personas humanas, y el sentido de la compasión nace de la experiencia de la unidad radical con el resto de seres del universo y la superación del egocentrismo. El hombre se siente unido al destino, a la suerte y a la desgracia de los otros.

3.7. Practicar el diálogo socrático[11]

El cultivo del diálogo socrático, desde un diálogo abierto al otro, es como los antiguos maestros enseñaban a sus alumnos. Los grandes maestros espirituales hablaban con sus discípulos a través del diálogo[12]: Confucio, Buda, Jesús, Sócrates, etc.

Dialogar es abrirse al otro, aprender a modificar los comportamientos, a rectificar las opiniones si hay que rectificarlas. Es, en definitiva, una labor espiritual que trasciende las palabras, los gestos y los silencios; es una búsqueda de la verdad. En el diálogo se necesita conocerse a sí mismo para responder al otro. 

En este diálogo es bueno «hacer teología[13]» con los niños, ahondar sobre qué visión tienen de Dios, qué imágenes de Dios[14] dibujan en su cerebro. Ésta será una de las claves que condicionarán el futuro de la madurez en la espiritualidad y religiosidad del adulto. Es importante «hacer teología» y hablar de Dios con los niños y jóvenes porque resulta imposible comprender el arte, la historia, la filosofía, la literatura, o las construcciones arquitectónicas o pictóricas sin la palabra «Dios».

«Hacer teología» con los niños no consiste en iniciarlos a una comunidad religiosa de fe, sino cuestionar, dialogar y aprender unos de otros, para una apertura mental, porque los niños están abiertos a la dimensión espiritual y trascendente.

3.8. Ejercitar la práctica de la gratitud

Enseñar al niño, adolescente y joven a agradecer los dones o favores que recibe de los demás y de Dios es una práctica educativa de la IES. Solo es capaz de practicar la gratitud aquel que es consciente de lo mucho que ha recibido de los demás, de sus padres, de sus maestros, de las instituciones, de la vida, de la naturaleza y de Dios.

Aprender a decir gracias no es solo aprender una palabra, sino aprender a reconocer el valor de las acciones de los demás. Las personas, por su condición de «seres sociales» en el mundo, reciben continuamente de los otros, y es necesario abrir los ojos a ese don y vivirlo desde la alegría. Sabiendo que el creador de todo nos lo da todo sin pedir nada a cambio. Aprender a mirar el mundo con ojos agradecidos es tarea de la IES.

 

[1] El judaísmo, el islam y el cristianismo tienen unos elementos comunes básicos para su fe: El primero es la fe en un solo Dios, el Dios de Abraham; el segundo elemento es tener una visión de la historia orientada hacia una meta, la historia universal de la salvación; el tercer elemento es la Revelación escrita en los textos sagrados de cada religión; y la cuarta y última una ética fundamental basada en la fe en el único Dios, los mandamientos como expresión de la voluntad de Dios.

[2] Cfr. E. GONZÁLEZ DOMÍNGUEZ,  Curso básico de pedagogía catequética, CCS, Madrid, 2009, 151

[3] Cfr. Consultado en los apuntes de clase de Catequesis de Jóvenes en el San Pío X, por el profesor Jesús Sastre, Cómo acompañar el camino del grupo a la comunidad.

[4] J. L. VÁZQUEZ BORAU, ob. cit., 107

[5] E. CARDENAL, La vida en el amor, Sígueme, Salamanca, 1979, 35

[6] Cfr. B. TIERNO, ob. cit., 147-150

[7] A. COMTE-SPONVILLE, ob. cit., 192

[8] F. TORRALBA, Los maestros de la sospecha, Marx, Nietzsche, Freud, ob. cit., 23

[9] Ibídem, 34

[10] T. BUZAN, ob. cit., 39-49

[11] Es un método descrito por Platón en los diálogos Socráticos donde se debate y se utiliza la dialéctica o demostración lógica para la indagación o búsqueda de nuevas ideas o conceptos.

[12] Cfr. F. LENOIR, Sócrates, Jesús, Buda, PPC, Madrid, 2012, 100-122

[13] Concepto propuesto por Francesc Torralba en su libro Inteligencia Espiritual en los niños, ob. cit., 163-170

[14] Cfr. J. M. MARDONES, ob. cit.

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