La etapa de la educación en la transcendencia

En esta segunda etapa se intenta responder a las preguntas que se han planteado en la etapa anterior. El hombre tiene la capacidad de preguntarse, algo de su ser humano le permite hacerse esas preguntas, y con ello entiende que hay una realidad trascendente a él. La capacidad de ser humano le hace llegar más lejos y trascender.

 

Es la etapa de dar respuesta a la pregunta que no tiene respuesta, el Misterio. Hay cosas que se escapan al intelecto del ser humano y ello debe asumirse y sobre todo interiorizarse. En este proceso educativo lo importante es la escucha y el silencio: la trascendencia se experimenta a través de estos elementos.

La manera de ayudar a los niños y niñas en la apertura a la trascendencia o al mundo espiritual es descubriéndoles la trascendencia de este mundo o de la realidad en la que viven. Ayudarles a vivir y conocer valores trascendentes como la fe, el amor, la esperanza, el sacrificio, o la comunidad. Muchas veces están viviendo estos valores pero no lo saben porque no están preparados para verlos.

 

1. Los objetivos de la educación en la trascendencia

En la etapa del descubrimiento de la trascendencia se deben asumir todos los objetivos anteriores y añadir los siguientes:

1. La persona debe identificar qué supone la experiencia de trascendencia y conocer a qué le puede llevar ese conocimiento.

2. El conocer, diferenciar y valorar las diferentes experiencias que tienen las personas sobre el Misterio hace evolucionar al niño en su capacidad de trascendencia.

3. Habilitar la práctica de técnicas como la meditación o la oración forma parte de esta etapa evolutiva de nuestro proceso.

4. Integrar la experiencia de trascendencia en la vida de la persona como otro de los elementos que configuran la persona, como pueden ser su antropología, su ética o su visión del mundo.

5. Descubrir que la persona humana no está hecha solamente de propuestas materialistas y consumistas, sino que hay cosas de la vida que escapan al entendimiento humano. Equilibrar las tensiones entre lo inmanente y lo trascendente, para el propio desarrollo personal y comunitario.

6. El niño y adolescente debe racionalizar su experiencia de Misterio e integrarlo en su vida como aquello que afecta y sobrepasa sus límites. Leer la realidad cotidiana desde ese ángulo diferenciando lo que son emociones y afectan a la persona momentáneamente o aquello que es fundante de la propia vida.

2. La habilidad espiritual de la trascendencia

A la habilidad en el campo de la trascendencia le corresponde la capacidad de ir más allá de lo puramente material y visible a los ojos, observar que el hombre puede tener una percepción mucho más elevada de él mismo y del mundo. Esta destreza permite descubrir la presencia de Dios en el interior, comprender que la muerte no es el fin. Asociar los fenómenos de la naturaleza y la fuerza de la creación a Dios.

Esta capacidad habilita para trascender el yo, y llegar a los demás intentando comprender aquello oculto en su interior. Se supera el egocentrismo, y conduce a una vida interior plena de sentido para trascender a la inmortalidad con Dios. La actitud básica de esta habilidad es el sentir, y la palabra clave es Dios. El concepto antropológico es el descubrimiento de un universo desconocido e invisible, al que el mensaje cristiano lo llama Dios el creador.

3. Los métodos para el trabajo en la catequesis

 

    3.1. Practicar la meditación

En el momento presente, la meditación es una práctica que está emergiendo con mucha fuerza en los países occidentales. Se están descubriendo los beneficios mentales, emocionales, físicos y también sociales y espirituales de estas prácticas[1]. La práctica de la meditación es otro de los elementos básicos de la IES, desde los diferentes significados que la palabra tiene y es usada, el fin fundamental es alcanzar la tranquilidad del alma, la paz de los sentidos y del cuerpo, el silencio interior y la plena integración en la naturaleza.

No hay que confundir el meditar con otra actividad como pensar, reflexionar o valorar. La meditación consiste en conseguir que el flujo de pensamientos me lleve al bienestar; exige dominio de la propias emociones y sentimientos. Meditar es una de las pocas cosas que no se pueden hacer aceleradamente. Con la meditación ejercitamos y sanamos el cuerpo, la mente y el espíritu. Nos hacemos más conscientes de cada parte de nuestro cuerpo, controlamos la respiración, serenamos la mente, escuchamos al silencio, exploramos los rincones y los límites de nuestra interioridad, y así hasta llegar a sentir deseos de unidad infinita y la presencia tangencial del fundamento último de la existencia[2].

«Un tipo de meditación que se puede practicar con los niños es la meditación zen. Por experiencia, puedo afirmar que he visto practicarla, con éxito, en distintas instituciones educativas formales, tanto públicas como privadas, confesionales como laicas. Ofrece una técnica de autocontrol que lleva a un dominio de la corriente incontrolada de la asociación, lo que contribuye a dirigir y frenar la vida interior con su barullo de sensaciones, de pensamientos y de impresiones fragmentarias que se suceden sin interrupción[3].»

    3.2. Ejercitar la contemplación

Un elemento necesario en esta etapa es el cultivo de la contemplación[4]. La contemplación activa en el ser humano activa los sentidos[5]. No consiste solamente en observar, implica un grado más de intrusión dentro de uno mismo. Cuando alguien contempla deja de estar frente a la realidad, para perderse en la realidad.

«En lo profundo de su conciencia la persona descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el ser humano tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (Rm 2, 14-15).» (GS 16)

Una mirada contemplativa es aquella que alcanza la profundidad de lo real[6]. Saber «ver más allá de la superficie, del primer plano, percibiendo la vida, en su fuerza, su valor, su bondad y su belleza. Que esa mirada contemplativa nos abra a la presencia de Dios, desde el momento en que Dios es la profundidad de lo real, la vida de la vida[7]. Y desde el momento en que nos abrimos a la dimensión de profundidad, en la realidad que nos rodea y, sobre todo, en nosotros mismos, nos estamos abriendo a la «presencia ignorada[8]» pero fundante y originante de toda la realidad, que llamamos Dios.

Esta técnica requiere tiempo, paz interior, un profundo recogimiento y la capacidad de dejarse sorprender por la realidad. Pero tampoco está exenta de obstáculos como la dispersión, la velocidad y la superación del ego.

El equilibrio de la vida humana consiste en la alternancia entre la acción y la contemplación. La acción por la acción no tiene sentido, pero la contemplación pura, quieta, que no se traduce en una acción transformadora no corresponde con la opción por Jesucristo[9].

     3.3. Practicar la soledad y la serenidad

La serenidad es una experiencia que debería estar presente en la vida espiritual y emocional del niño, adolescente y joven, y solo se consigue con la práctica asidua de la soledad, es la condición de posibilidad de un buen aprendizaje y de una buena concentración. Separarse del mundanal ruido y centrarse en la soledad y el silencio[10] de uno mismo ayuda al equilibrio de la persona.

Muchas veces el vacío interior es lo que impulsa a la sociedad a desplazarse alocadamente de un lugar a otro. Cuando una persona reconoce la soledad como una amiga, el trato consigo mismo se convierte en costumbre y en una segunda naturaleza[11]. En la soledad la persona toma conciencia de uno mismo[12] y descubre su interior, los pensamientos, sentimientos, comportamientos y motivaciones profundas[13] que lo mueven.

Existen dos tipos de soledad: la buscada y la obligada. La buscada está bien, pero la obligada puede llegar a ser mejor si se cultiva adecuadamente. En la soledad obligada se pone en marcha el mecanismo que serena el espíritu y le exige la práctica del desapego y del desprendimiento. Cuando alguien quiere tenerlo todo atado y bajo control, pierde la serenidad que da el desapego. Vivir el desprendimiento de los objetos y cosas, de las personas y cargos, de relativizar todo lo que es relativo y vivir los vínculos desde la distancia emocional es lo que da valor a la vida.

      3.4. Velar por la creación

El mundo en el que vivimos nos debe ayudar a ser más personas y más felices, es un regalo del que puedo disfrutar al máximo, pero cuidándolo como si fuera lo más preciado que puedo tener. Siempre es bueno recordar que es un mundo para uno mismo, y para los demás, para compartir y para disfrutar entre todos.

      3.5. Descubrir lo espiritual en el arte

El descubrimiento de lo espiritual en el arte afirma la manifestación espiritual del artista. Lo espiritual está escondido en la obra, en la pintura, en la escultura, en la arquitectura y en toda manifestación de aquel que hace posible una obra[14]. Lo bello y lo sagrado se sitúan en el mismo nivel de absolutidad y personificación[15].

Según Viktor Frankl una manera de dar sentido a la vida es a través de la creación o de la producción de una obra de arte, porque el artista expresa su mundo y su IES. «El arte es el lenguaje que habla al alma de las cosas que para ella significan el pan cotidiano, y que solo se puede obtener en esta forma[16].»

En el arte religioso cristiano existen muchas muestras artísticas de la integración de la fe, de la cultura, y de la vida. «La fe que se ha hecho cultura a través del arte religioso exige una explicación desde la fe[17].» Los lugares artísticos religiosos son arte y fe, es importante que sepamos educar en ese sentido a los niños, si creemos que el arte es espiritualidad, también será fe, la acogida, la admiración es parte de la función de los cristianos custodios de todo el patrimonio, y urge aprovecharlo para la educación en la IES.

      3.6. Desarrollar la capacidad de pacificación

La pacificación del mundo empieza con la necesidad de una paz interior para conseguir la paz exterior. La paz exige un esfuerzo personal y colectivo[18]. La persona que está en paz consigo misma contagia paz a su alrededor, y esa paz no se consigue con una homogeneización de todas las personas, más bien como un respeto de su intimidad y de un trabajo personal en la IES. Como dice Gandhi: «Nada tengo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia se remontan a la noche de los tiempos.»

       3.7. Hablar de la muerte

Es bueno hablar de la muerte a los niños, ellos la tienen en su mente y desean conocer lo que es y qué se puede esperar después de ella. Esta es la pregunta del sentido de la vida. En el periodo de 2 a 6 años, el niño construye lentamente la noción del yo, del otro y de la alternancia entre la presencia y ausencia, y la pregunta de la muerte entra como una fuerza exterior que irrumpe aleatoriamente al individuo. A muchos niños y jóvenes de nuestro entorno cultural se les oculta la muerte, y esta actitud produce una falta de integración de la concepción de la vida en su mente y una falta de honestidad intelectual. El niño, al igual que se hace preguntas por todas las cosas que vive y experimenta, también se interroga sobre la muerte y el más allá. Necesita imágenes, iconos y signos visibles para hacerse una idea de lo que va a suceder después de la muerte. Por tanto, se trata de no mentir a los niños sobre el concepto finito de la muerte. 

«Enfrentarse a la vivencia de la muerte supone un equilibrio entre las emociones, la reflexión y la acción a la que un niño de 6 años aún no está preparado para asumir. Educar para la aceptación de la muerte es un trabajo de prevención que aporta al niño más recursos para asumir y superar la ausencia de un ser querido[19].»

Al igual que la muerte, la presencia de la enfermedad provoca en los niños una alteración en la vida emocional, social y espiritual. La enfermedad suscita un proceso de introspección personal y provoca una experiencia de fractura y ruptura del propio cuerpo. La enfermedad del niño es una oportunidad para desarrollar la educación de la IES.

    3.8. Aprender a evaluar el pasado

En los niños se debe suscitar la capacidad de evaluar el pasado y gozar intensamente del ahora. El análisis y la evaluación del pasado, de lo vivido y experimentado, ayuda al educado para que analice las oportunidades y perspectivas de futuro, y predispone a vivir la vida intensamente, extrayendo lo máximo de ella.

[1] Cfr. F. TORRALBA, Jesucrist 2.0, ob. cit., 179

[2] Cfr. J. M. CASTRO CAVERO, ob. cit., 138

[3] Cfr. F. TORRALBA, Inteligencia Espiritual en los niños, ob. cit., 216

[4] Cfr. T. HART, ob. cit., 69-72

[5] Cfr. D. ZOHAR, y IAN MARSHALL, ob. cit., 264-265

[6] Cfr. J. L. VÁZQUEZ BORAU, ob. cit, 99 y Cfr. D. ZOHAR, y IAN MARSHALL, ob. cit.

[7] Cfr. E. MARTÍNEZ LOZANO, ob. cit., 91-92

[8] Cfr. V. FRANKL, La presencia ignorada de Dios, Herder, Barcelona, 1995

[9] Cfr. F. TORRALBA, Jesucrist 2.0, ob. cit., 259

[10] Cfr. A. COMTE-SPONVILLE, ob. cit., 168-169

[11] Cfr. S. KIERKEGAARD, El instante, Trotta, Madrid, 2006, 80

[12] Cfr. D. ZOHAR, y IAN MARSHALL, ob. cit., 262

[13] Cfr. Ibídem, 260-262

[14] Cfr. W. KANDINSKY, ob. cit., 56

[15] Cfr. J. L. VÁZQUEZ BORAU, ob. cit., 91-97

[16] W. KANDINSKY, ob. cit., 76

[17] A. GINEL, Las piedras tienen grabados secretos religiosos, en CENTRO NACIONAL SALESIANO DE PASTORAL JUVENIL, «Pastoral de hoy para mañana»  CCS, Madrid, 1993, 209

[18] Cfr. J. L. VÁZQUEZ BORAU, ob. cit., 121-126

[19] M. J. FIGUEROA ÍÑIGUEZ, La formación espiritual y religiosa durante los primeros años, PPC, Madrid, 2012, 131

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